Más xoriseo
Ver a un político imputado por corrupción (Vicens), que no está en la carcel por haber pagado 100.000+200.000 € salir de un mercedes último modelo 4*4 para llevar a su puto perro chochón a la peluquería jode mucho.
30 Diciembre 2009
Ver a un político imputado por corrupción (Vicens), que no está en la carcel por haber pagado 100.000+200.000 € salir de un mercedes último modelo 4*4 para llevar a su puto perro chochón a la peluquería jode mucho.
29 Diciembre 2009
14 Diciembre 2009
Aun amigo que reside en un país lejano le llama poderosamente la atención que aquí todo el mundo tenga las ideas tan claras. "No sólo claras: vuestras opiniones son sólidas como piedras y, aunque parezca paradójico, veloces como la luz". Le maravilla que, en nuestros medios de comunicación, se cite con tanta frecuencia a Zygmunt Bauman, el sociólogo de la condición líquida. "En realidad, estáis en los antípodas de la fluidez ideológica y de las identidades cambiantes: aquí se fabrican opiniones a miles sobre todo lo divino y lo humano, sí; pero desde una inmovilidad granítica".
Aunque lleva más de 20 años en el extranjero, mi amigo nació y vivió aquí. Y sostiene que el gran cambio entre el país que conoció y el que ahora ha encontrado reside en el uso del lenguaje. Antes era concreto, ahora abstracto. "Cuando nos reuníamos en grupo para hablar, contábamos historias. Las conversaciones giraban alrededor de anécdotas, no de categorías ideológicas como hacéis ahora. Se explicaban chistes o batallitas. Se recordaban historias de la familia o aventuras de juventud. Anécdotas de la mili, de la escuela, del barrio. Se contaban chismes, cuentos más o menos fantasiosos, escenas laborales, miserias del vecindario, intimidades. Se repetía, con más o menos salsa, lo que se había leído en el diario, escuchado en la radio o visto en la pantalla. De aquella multitud de anécdotas, se deducían, ciertamente, moralejas y reflexiones aleccionadoras. Pero lo más distintivo de aquella manera de hablar era la forma narrativa".
"Ahora, en cambio, observáis el mundo con mirada de juez, con rictus de examinador, con obsesión de taxónomo. No sabéis observar, sólo clasificar. Incapaces de describir, calificáis. Os encanta emitir sentencias. Ya no sabéis narrar vuestras aventuras, anécdotas o vivencias; sólo expresar los sentimientos que aquellas aventuras, anécdotas o vivencias desataron. A vuestros conocidos ya no les contáis, por ejemplo, cómo os ha ido el viaje, sino qué os parecieron las ciudades visitadas. Qué tal se comía; si el lugar era limpio o ruidoso; si el hotel estaba bien o mal; si el tráfico era fluido o espeso; si los precios altos o bajos. Hasta con los amigachos no os oigo alardear de vuestras hazañas. Ahora redactáis informes sobre la estética, la ética o las habilidades de la seducida. Y, especialmente, si funcionó mucho, poco o nada".
Mi amigo observa, con razón, que, en nuestra vida cotidiana, no hacemos más que emitir juicios de valor. Pequeños dioses en un inacabable Juicio Final, condenamos o perdonamos a vecinos y parientes; a los compañeros de trabajo; a cantantes, modelos y famosos en general. Y, por supuesto, a políticos, futbolistas y banqueros. Todo el mundo discursea, todo el mundo fiscaliza, sospecha y pontifica. Y siempre prescindiendo del hecho narrativo. Mi amigo ha observado que, en el extremo más llamativo de esta tendencia, abundan los integristas de cualquier linaje ideológico. Tipos que sólo abren la boca para expulsar viscerales exclamaciones de apoyo o rechazo a una causa, a un líder, a unos colores. Tipos que, para hablar, no usan la lengua, sino el dedo gordo, como los viejos emperadores romanos. Dedo arriba, dedo abajo. Condenar o salvar.
La desaparición de nuestros cuentos cotidianos alguna relación tiene que tener con el exceso informativo de nuestro tiempo. El hecho es que la mayor concentración de opinadores dogmáticos y maniqueos se da precisamente en la infinita galaxia de internet, donde la información es más rápida, caudalosa y abundante que en cualquier otro ámbito. En la denominada blogosfera y también en las webs informativas, se tiende con gran facilidad al comentario taxativo, radical, irrefutable. La duda brilla en internet por su ausencia.
La duda siempre ha tenido mala fama. La tiene hoy, pero también ayer la tuvo. Y sin embargo, es imprescindible. Especialmente en esta época en la que todos llevamos un juez en el cuerpo. Sin la duda metódica no habría avanzado la ciencia. Y sin la duda el pequeño dios que llevamos dentro carece de contrapeso. La duda nos familiariza con el otro, con las miradas opuestas. La duda, ciertamente, corroe la propia identidad. Desconcierta y fatiga, sí, pero fomenta la prudencia y cultiva el respeto. Es problemática, pero democrática. Václav Havel (aquel escritor que, por circunstancias de la vida, se encontró ejerciendo de presidente de Checoslovaquia y más tarde de la República Checa) aprendió a dudar mientras mandaba. Y cuando dejó el cargo, en un discurso memorable, dijo: "Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo; y cuantos más son mis enemigos, más me pongo mentalmente de su lado".
16 Noviembre 2009
15 Noviembre 2009
12 Noviembre 2009
2 Noviembre 2009
23 Octubre 2009
Un grupo de personas realizando spinning.
19 de octubre de 2009.- El otro día salía del cine, de ver "La huérfana", con la ingenua intención de meterme en el primer café que me encontrara a leer "Aire nuestro", la última novela de Manuel Vilas, un libro que no me permite desprenderme de la sonrisa en una sola de sus páginas. En realidad había estado deseando durante dos horas salir del cine y dejarme esa película de terror a medias, pasar de los aullidos de la niña loca y de los chirridos exagerados de la banda sonora para ir a leer en calma junto al calor de un te.
Salí del cine y mi primer impulso fue desandar los últimos pasos y volver a la sala a refugiarme: en el exterior atronaba una música de discoteca y en los cafés de la zona iba a ser imposible sentarse a leer en paz. Al contrario, me acerqué al foco de aquel estruendo y entendí que ese bumbum estaba especialmente fabricado para poner a la multitud a dar saltos sobre sus sillas. A patalear. Era una sesión de Spinning al aire libre, al parecer en beneficio de algún proyecto humanitario. Un centenar de deportistas subidos a unos potros de tortura muy hermosos pedaleaban frenéticos, todos juntos, sincronizados, al aire libre, desafiando la brisa del atardecer. Sudando. Me quedé un rato a ver si algunos se caían de la bicicleta con un infarto o por culpa de un bache imaginario. No pasaba nada y huí hasta un bar de la periferia a leer a Manuel Vilas, en concreto la crónica de cómo Elvis Presley vuelve a la tierra a matar al presidente de EEUU.
Qué buen plan, lo del spinning en público. Lástima de ruido. Seguro que se puede hacer spinning con auriculares y la causa humanitaria salir igual de bien parada. Pero tiene el inconveniente de que no molestas a nadie, a ninguno de los cientos de ciudadanos que andan en los alrededores tomando un refresco o paseando por las tiendas, o haciendo cola en las taquillas del cine.
Otra de las ventajas de sudar al aire libre es que te libras de los malos olores. Yo he dejado de ir al gimnasio a boxear porque no soportaba puñetazo directo al cerebro que sentía cada vez que me asomaba al ring. Cinco tipos sudando bien en un gimnasio huelen mucho peor que cien sudando en una plaza pública.
¿Sabes de algúna escuela de boxeo con terraza? ¿Tú practicas deporte en público? ¿No te da un poco de vergüenza? ¿Los 7.000 que corrieron el maratón Tui, consiguieron atufar un poco la calle? La consejería de Medio Ambiente, ¿debería pedir que hagamos menos deporte por ahorrar un poco en agua de ducha?
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